Llegó el día. Sólo fue 4 días hábiles después de la llamada. Al llegar al hospital, entre a la sala de "cirugía sin ingreso" y me encontré con otros pacientes que iban a lo mismo. Claro, el más joven tendría 60 años, por algo le llaman Degeneración Macular asociada a la edad. Me anuncié en la recepción y me dieron las gotas para que, una vez más, me dilaten las pupilas, pero esta vez, además del dilatador, incluyeron gotas de anestesia. Yo no estaba asustada. Siempre he pensado que si hay anestesia de por miedo, no hay porque tener miedo.
Iban entrando uno a uno, después de haber pasado media hora desde la primera aplicación de las gotas, como haciendo tiempo para que la anestesia haga efecto. La mayoría dejaban sus bastones en la puerta, antes de entrar, y veía que salían tranquilos, sin mucho aspaviento, lo cual me tranquilizó aún mas.
Y llegó mi turno. Entré y no era lo que me esperaba. Era un quirófano "diferente". Esperaba ver camillas, luces en el techo, vamos, lo que hay en todo quirófano, pero no. Lo que habían eran varios sillones con números en la pared, pero de camillas, nada. Una enfermera me dio una bata, un gorro y zapatillas de tela para que me las pusiera por encima de la ropa. Luego, el doctor me dijo que me siente en uno de los sillones y que esté tranquila porque el tema iba a ser muy rápido. Me puso una careta estéril, con un orificio a la altura de mi ojo "malo". En realidad, más era una pegatina muy fuerte que se pegaba a mi cara, sobretodo a mis cejas. Cuando estuve lista, el doctor me habló: Te voy a limpiar los párpados y luego te colocaré un separador para que no puedas cerrar los ojos. Luego, inmediatamente antes de pincharte, te volveré a echar anestesia en gotas. Si sintieras alguna molestia, no vayas a moverte por ningún motivo. Esto no duele, pero en caso sientas algún tipo de dolor, aguanta un pelín y sobre todo NO TE MUEVAS. El pinchazo no dura más de un segundo. Yo de todos modos te avisaré cuando te vaya a pinchar.
Yo siempre he sido muy resistente al dolor. A lo largo de mi vida me han pinchado muchísimas veces en lugares poco comunes. No voy a decir exactamente donde, porque no viene al caso. Sólo puedo decir que también fue por fines medicinales (y lo digo sólo para esos malpensados). De igual manera, eso de "en caso sientas algún dolor" me inquietó un poco, pero al recordar otra vez en los litros de anestesia que me habían puesto (¡bendita anestesia!) me volví a calmar.
Y comenzó... fue todo tal cual dijo. Me limpió los párpados con una gasa y algún líquido desinfectante, me puso el separador de párpados para que no pudiera cerrar el ojo y me puso un buen chorro de anestesia. Después se acercó con esa lente tan gorda que usan para ver el fondo del ojo y dijo: "mira hacia arriba a la izquierda, como si quisieras ver tu ceja izquierda. Muy bien, te voy a pinchar ahora. Mira fijamente a tu ceja izquierda y NO TE MUEVAS que es sólo un segundo. Allá vamos." Eso hice y debo confesar que es una de las sensaciones más desagradables que he tenido jamás. Yo me había imaginado que iba a ser como cuando me operaron con el láser, una maquina de alta tecnología que me iba a disparar un líquido y ya, pero no fue así. El doctor, con sus propias manos cogió la jeringa e introdujo la aguja en mi ojo. Ese momento en el que sientes que te están pinchando el ojo, cuando la aguja entra lentamente, es asqueroso. Inclusive, admito que mientras escribo estas líneas tengo la piel de gallina, y no exagero. Pero no es exactamente dolor lo que se siente, es la presión del líquido entrando en el globo ocular. Es desesperante. Tuve ganas de gritar. Ese segundo se me hizo eterno. Cuando finalmente sacó la aguja me dijo, rápidamente: "Mírame, mírame, ves la luz? Si ves la luz es que todo ha salido bien." Sí, veía la luz a pesar de los millones de lágrimas que salían inconscientemente de mi ojo, por lo que deduje que había acabado y que todo esta bien.
En cuanto me saqué la careta, la bata y demás, el doctor me dio las indicaciones y lo que venía a continuación: inflamación, manchas o puntos al mirar, dolor e incremento de la presión del ojo, entre otras cosas. Y nada, me volvería a ver después de un mes, para ver los resultados.
Salí rápidamente de la sala, aturdida porque no veía bien, tratando de interiorizar lo que había vivido hace unos minutos y pude ver a mi esposo entre la gente. No pude más. Lo abracé y rompí a llorar. No sabía muy bien por qué, pero lo hice, y hoy, mientras escribo, al recordar la sensación, no puedo evitar volver a hacerlo. Creía ser una persona valiente, hasta que descubrí mi kriptonita: la inyección intraocular.
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