Ya ha pasado casi un mes desde el día "I" (día de la inyección) y hay días en los que siento alguna mejoría y otros en el que todo lo veo igual. A veces me da la impresión de que, tal como me dijo el doctor, mi cerebro poco a poco se está acostumbrando. Ya no me mareo mucho al caminar, pero aún sigo teniendo alguna que otra dificultad en mi vida cotidiana. Eso sí, nada que no se pueda solucionar cerrando el ojo derecho.
En estos días, he estado en casa porque mi médico de cabecera me dio la baja. Como llevaba sin trabajar ya 2 o 3 semanas, me despidieron, lo cual me vino genial, en parte, porque había estado bastante estresada en ese nuevo trabajo que hacía poco había obtenido. Además, ya mi jefa, semana y media antes de salir de baja, me había dicho que no estaba contenta conmigo por lo que a ella también le vino fenomenal mi situación, pues así tuvo la excusa perfecta para decirme adiós. Como podréis ver, yo no era santa de su devoción. Pero me dio igual, de todos modos yo había empezado a buscar trabajo en otro lado luego de que me dijera que si de ella dependiera, no aprobaría la formalización de mi contrato con la compañía.
Por otro lado, mi marido y yo hemos estado trabajando juntos para que yo pudiera volver cuanto antes al entorno laboral, en otra empresa, claro. Casi a diario salimos a caminar. Al principio yo iba prendida de su brazo por los tremendos mareos que tenía, pero luego de algunos días, adquirí mayor seguridad y pude nuevamente caminar sola. De todos modos, cuando íbamos al supermercado, y me alejaba de mi esposo, iba siempre cogida de los lineales, sólo por si acaso, como para sentir algo estable de donde cogerme. Una cuestión psicológica, supongo. Cuando había ya superado esta primera dificultad, me llevó a tomar el tren. Había pasado un mes desde la última vez que me subí a un tren o al metro. No me fue del todo mal, a pesar de que percibí que se movían más de lo normal y de que me mareé. A la vuelta, me fue mejor. Me seguí mareando, pero definitivamente fue mucho mejor. El otro día, ya en coche, fuimos a nadar. ¡Qué libre me sentí en el agua sin tener miedo a caerme! Nadé tanto, que terminé con los brazos contracturados. Fue la emoción (y la falta de ejercicio, obviamente).
También vinieron amigos a casa. Eso me dio mucha alegría, saber que hubo gente que estuvo ahí, en las malas. Me trajeron hasta una Xbox para jugar al karaoke. Claro, no veía mucho las letras de las canciones en la pantalla, pero ya sabéis, cerraba el ojo derecho y listo. También me enteré de gente a mi alrededor que no tiene una buena visión en un ojo y que llevan una vida completamente normal e independiente. Eso, quieras o no, da mucha vida. Tanto el saber que tienes amigos de verdad, como el hecho de saber que personas con limitaciones similares a la mía, habían hecho una vida absolutamente normal.
Y así transcurrieron mis días. La próxima semana es mi cita con el doctor. No tengo idea de lo que me va a decir. Sólo sé que poco a poco estoy saliendo adelante y creo que ya estoy lista para volver al mundo laboral. Justo a tiempo, pues tengo un nuevo empleo. Es a media jornada, pero me viene genial para poder ir adaptando a mis ojos a trabajar frente al ordenador por cuatro horas seguidas. Y nada, si el doctor, me dice que me quedaré así para siempre, tengo la certeza de que podré seguir haciendo mi vida. Eso sí, siempre y cuando no me diga que me tiene que volver a pinchar...
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